Porqué hay que trabajar el gusto por aprender

Joan Domènech

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Muchos maestros se plantean cómo potenciar el gusto por aprender a la vez que trabajan el esfuerzo, mientras que otros sólo se plantean que hay que insistir en la cultura del esfuerzo ¿Alguien se atreve todavía a hablar del gusto por aprender sin hablar del esfuerzo que supone hacerlo?

En su libro ¿Por qué a los niños no les gusta ir a la escuela?, Willingham (2011) nos recuerda que «aprender es dificultoso» y, por tanto, la tendencia humana es poder hacer las cosas sin tener que aprenderlas. Esto lo vemos en el día a día de un mundo en el que la tecnología es la reina. Buscamos el «no esfuerzo» para resolver cualquier aspecto de la vida cotidiana. Es esta sociedad, tan tecnologizada y automatizada, la que reclama a la escuela, a través de la voz de algunos expertos, que hay que trabajar la cultura del esfuerzo. No obstante, no podemos reclamar al alumno ni esfuerzo ni pasión en el aprendizaje si esto no es vivido con la misma intensidad y fuerza por el maestro.

Si el maestro no manifiesta pasión y esfuerzo por el gusto de enseñar, tampoco será capaz de contagiarlo al alumno.

Estimular el gusto por aprender conduce a la necesidad de pensar que hay que gestionar de una manera diferente el currículo. Hasta ahora, los debates sobre el currículo han sido cuantitativos y conceptuales: cuántas horas y qué hay que aprender. No obstante, es necesario revisar cómo gestionamos el qué y el cómo de nuestros aprendizajes. La renovación en la gestión del «cómo aprenden» tiene que dar prioridad a modelos que den cabida a aspectos como los siguientes:

· Formular preguntas para intentar responderlas, pero no para repetir o reproducir las respuestas.

· Plantearnos preguntas sobre nosotros, sobre el mundo…, y acudir a las disciplinas para ayudarnos a profundizar en el conocimiento.

· Aceptar el error, incluso para potenciarlo y valorarlo como factor de aprendizaje

· Compartir y comunicar saberes, dudas, hipótesis, y los aprendizajes que hacemos.

· Concebir de manera pluridimensional los tiempos educativos: el tiempo del hacer, el tiempo del conversar, el tiempo del aplicar, y el tiempo del pensar, del meditar, que precisa un tiempo no calculado.

· La flexibilidad y la diversificación de los procesos de aprendizaje (en forma de materiales, actividades, evaluación, etc.) son claves en los procesos para conseguir esta implicación personal que comporta el transmitir el gusto por aprender

Podéis consultar el artículo completo en el número 223-224 de la revista Aula.

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